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La Hermandad Blanca, un contacto intraterrestre, por Ricardo González


Paititi – El Centro Supremo

Paititi es considerado en la actualidad por diversos investigadores como el enigma arqueológico de Sudamérica; sin embargo, no ha sido hallado y para algunos historiadores la misteriosa ciudad perdida sigue siendo tan sólo una leyenda.


Se dice que en las selvas de Madre de Dios, en la zona sur oriental del Perú, existe una ciudad de piedra, con estatuas de oro erigidas en amplios jardines.

 

Lo interesante de Paititi es que las “leyendas” señalan que hasta hoy en día el Imperio amazónico se encuentra en plena actividad, y por si esto fuera poco, se afirma además que es el lugar donde mora el último Inca, esperando el momento de retornar al “mundo de afuera” para restituir el orden que se quebró en el pasado desde el arribo de Pizarro y los conquistadores españoles.
 


El mayor de los misterios
La leyenda del Paititi ha perdurado en la mente de muchos hombres. Ya en el siglo XVII corría como reguero de pólvora la noticia de una ciudad fantástica, misteriosa, y que albergaba grandes tesoros que supuestamente pertenecieron a los incas. Algunos libros, inspirándose en crónicas antiguas o en relatos de nativos indígenas, abordaron el tema logrando con ello generar un mayor interés .

Lamentablemente, todo esto acrecentó la ambición de algunos exploradores que de inmediato se lanzaron a organizar ambiciosas expediciones. En la mayoría de los casos, lo único que se halló fue un desenlace fatal al profanar las sagradas selvas del Antisuyo incaico.

Quizá lo que más ha contribuido al conocimiento de la presunta existencia del Paititi son los petroglifos de Pusharo. Estos extraños grabados habrían sido descubiertos en 1921 por el misionero dominicoVicente de Cenitagoya , hallándolos en una gigantesca roca que se acomoda a orillas del río Sinkibenia, considerado sagrado por los machiguengas.

 

Más tarde, los petroglifos fueron observados por numerosos exploradores. Ya en 1970, el sacerdote y antropólogo A. Torrealba fotografió y estudió los grabados. Muchos investigadores coinciden en que los petroglifos no fueron hechos por los incas, entonces ¿quién los hizo?

Pusharo no es la única evidencia de una obra humana en las selvas del Manú, también se han encontrado numerosas ruinas y caminos parcialmente pavimentados. Las pirámides de Paratoari son una prueba fehaciente de estas obras.

 

Diversos estudios demuestran que estas grandes moles no serían producto de la naturaleza, sino la obra de una civilización desconocida.
 


La imagen de la polémica
Gracias a la tecnología moderna se ha podido fotografiar la cordillera del Pantiacolla, que generalmente se halla cubierta por sospechosas “nubes”. La fotografía fue tomada en diciembre de 1975 por el satélite norteamericano Landsat 2, que formaba parte de un ambicioso proyecto de la NASA.

 

El enigma se inició cuando el Landsat 2 logró unas espectaculares fotografías en el sureste peruano donde se apreciaban con nitidez unos diez “puntos” agrupados en pares; es decir, dos filas de cinco. Por si esto fuera poco, posteriores análisis identificaron a cada punto como “una pirámide trunca de proporciones enormes”.

Arriba: Fotografías tomadas por el Landsat 2.
 

Como era de esperarse, el descubrimiento generó las más encontradas opiniones, y el más profundo cuestionamiento: ¿Qué es esto? De seguro ello fue lo que se dijo a sí mismo el explorador japonésYoshiharu Sekino, quien partió en busca de las “pirámides del Pantiacolla” (como se les bautizó posteriormente) sin llegar a dar con ellas debido a la tupida jungla. 

Como un dato adicional, es bien sabido que el tamaño calculado a cada uno de los “puntos” equivale a las dimensiones de la Gran Pirámide de Egipto (!). Al margen de ese misterio, los propios nativos de la zona, los machiguengas, sostienen la existencia de otras pirámides en la meseta del Pantiacolla. Según el testimonio de ellos, son doce construcciones, y seres “vestidos de blanco” viven en ellas…

Curiosamente, en esta extraña meseta se han reportado numerosas expediciones desaparecidas, perturbaciones electromagnéticas en los instrumentos, “apariciones” de inusitadas luces, ruidos extraordinarios que parecían surgir del suelo, y para añadirle el ingrediente final, los relatos de los machiguengas, quienes afirman, con total naturalidad, que “al otro lado” (con esto se refieren al Pongo de Mainiqui) existe una civilización muy antigua que “lo sabe todo”.

 

¿La Hermandad Blanca o Los Maestros del Paititi?

Ellos serían los “Paco Pacuris” o “Guardianes Primeros” que mencionaba la creencia andina; antiguos Maestros que fundaron en el actual Parque Nacional del Manu una ciudad intraterrestre, anterior al Imperio Inca. Aquellos guardianes custodian los Anales de sus milenarias culturas desaparecidas, así como el sagrado Disco Solar, que otrora se hallaba en el templo inca del Koricancha, pero que fue salvado de la codicia de los conquistadores.

Paititi o Qoañachoai (como le denominan los hombres del reino Q´ero) está en plena activad. Sus Maestros vigilantes.

Sólo un puro de corazón podrá penetrar sus santuarios intraterrenos y desvelar el misterio.

La Cueva de los Tayos 

Fue en 1969 cuando Juan Moricz, un flemático húngaro nacionalizado argentino, espeleólogo aficionado y experto en leyendas ancestrales, encaró uno de los más apasionantes misterios del oriente selvático del Ecuador: La Cueva de los Tayos.

 

Aunque no era el primero en tropezarse con el intrincado de túneles y galerías subterráneas que dan cobijo a los Tayos (aves nocturnas cuyos polluelos son muy codiciados por los indios shuaras), es innegable su valentía y arrojo al haber sido, sin duda, el primero en dar a conocer a nivel mundial la existencia de este sistema intraterrestre.


Leyendo tan sólo la acta notarial de su hallazgo, con fecha 21 de julio de 1969, en la ciudad costeña de Guayaquil, a cualquiera se le encrespan los cabellos frente a estas detonantes afirmaciones:

“…he descubierto valiosos objetos de gran valor cultural e histórico para la humanidad. Los objetos consisten especialmente en láminas metálicas que contienen probablemente el resumen de la historia de una civilización extinguida, de la cual no tenemos hasta la fecha el menor indicio…”

Es inevitable pensar en la posible relación entre las planchas que menciona Moricz, halladas en una cámara secreta de la Cueva de los Tayos, con las planchas metálicas de complejos ideogramas que han sido visualizadas en nuestra experiencia de contacto, aquella biblioteca cósmica que narra la verdadera historia de la humanidad.


¿Existen indicios que señalen esta asombrosa posibilidad?

Rastreando el enigma de los túneles
A una altitud aproximada de 800 metros, en una zona montañosa irregular, en las faldas septentrionales de la Cordillera del Cóndor, se sitúa la entrada “principal”, o más bien, la entrada “conocida” al mundo subterráneo de la Cueva de los Tayos.

 

El acceso consiste en un túnel vertical, una suerte de chimenea con unos 2 metros de diámetro de boca y 63 de profundidad. El descenso (no apto para cardíacos) se realiza con un cabo y polea. De allí, un verdadero laberinto se abre al explorador por kilómetros de misterio, que deben ser recorridos en la más absoluta oscuridad. Las linternas más potentes son nada ante semejantes galerías donde una catedral entera podría caber.

La Cueva es denominada habitualmente “de los Tayos” debido a que su sistema de cavernas es el hábitat de unas aves nocturnas llamadas Tayos (Steatornis Caripensis), que constituyen la misma especie que se ha hallado en otras cavernas de Sudamérica, como por ejemplo, los “guacharos” en Caripe, Venezuela, o la Cueva de las Lechuzas, en Tingo María, Perú. 

El estudio inicial de esta conexión intraterrestre entre especies de aves nocturnas lo abordó detalladamente el sabio alemán Alejandro de Humboldt, en su obra:

“Viaje a las Regiones Equinocciales del Nuevo Continente” (1800).

Es sumamente sospechoso que una misma especie de aves ciegas estén diseminadas en diversas cavernas de Sudamérica. ¿Será que todos aquellos laberintos intraterrestres no son cavernas aisladas y guardan una conexión subterránea?

En las inmediaciones de la Cueva de los Tayos del Ecuador viven los Shuaras, quienes en el pasado fueron conocidos con el nombre “Jíbaro”, famosos por su bravura y el arte de reducir cabezas. Ellos son los primeros exploradores del sistema subterráneo ya que cada mes de abril bajaban a la cueva para hurtar los polluelos de los Tayos. Y en medio de esta faena se toparon con una serie de sorpresas.

 

La más resaltante fue sin duda el hallazgo de gigantescas huellas sobre bloques de piedra que, por sus ángulos rectos y simetría, sugieren un origen artificial. Moricz recogió estos relatos en su visita al oriente Ecuatoriano, pudiendo comunicarse sin mayor dificultad con los nativos gracias a su dominio del magiar, un antiquísimo lenguaje húngaro similar al dialecto Shuar.

Lo que no detalló Moricz en su acta notarial, es la existencia de lo que él denominaba “Taltos”, unos extraños guardianes del mundo subterráneo que custodian celosamente las mentadas planchas metálicas.

Aquellos “Taltos”, así como los Sunkies y Nunguies de la cosmogonía shuar, habitan el mundo subterráneo y los ríos.

 

Sea como sea, la historia era tan apasionante que no tardaron en llegar los primeros cazadores de misterios.

 

 

Erick Von Däniken y Neil Armstrong
Y la cosa se puso color de hormiga. Primero apareció en escena el famoso escritor suizo Erick Von Däniken, quien supo cautivar a Moricz para que le diese material fotográfico y la versión oculta de su hallazgo, hecho que fue espectacularmente explotado en el libro “El Oro de los Dioses” (1974), donde Däniken no sólo se limitó a fantasear con la versión original de la historia, además, por si fuera poco, sostuvo haber ingresado él mismo a la Cueva de los Tayos (en sus sueños) y haber visto con sus propios ojos la biblioteca metálica.

 

El libro fue un bestseller mundial: 5 millones de copias y traducido a 25 idiomas. Ni un peso para Moricz.

El libro cautivó de manera particular al lector europeo, y fue así como el ingeniero escocés Stanley Hall contacta con Moricz para proponerle una expedición internacional a la Cueva de los Tayos. Moricz aceptó siempre y cuando él fuese el Jefe de la Expedición y que ningún objeto hallado en el mundo subterráneo fuese retirado.

 

Stanley Hall no aceptó la propuesta, desechó la presencia de Moricz y se comunicó con el Gobierno de Inglaterra. Resultado: En 1976 se llevaría a cabo una expedición Ecuatoriano-Británica, con un intimidante personal militar y científico y, para añadir la cereza a la torta, la presencia del astronauta norteamericano Neil Armstrong (¿?).

Desde luego, esta no sería la primera incursión del astronauta en un lugar donde “las papas queman”. Recordemos tan sólo sus frecuentes visitas a Paysandú, Uruguay, debido a la intensa actividad OVNI en laEstancia de la Aurora (popularizada por el escritor brasilero Trigueirinho). El mismísimo dueño de la Estancia donde ocurrieron los hechos, Angel Tonna, con quien tuvimos la oportunidad de compartir en su casa de Paysandú en 1999, recordaba claramente las visitas de Armstrong quien, además, le confió en su propia casa de Uruguay que la misión Apolo XI de 1969, enfrentó un encuentro cercano del TERCER TIPO en la Luna.

Las investigaciones Ecuatoriano-Británicas se desarrollaron por 35 días, instalando un generador de electricidad en el campamento base, a escasos metros de la boca misma de la Cueva, descendiendo a diario a las profundidades para desarrollar sus “investigaciones geológicas y biológicas”. Según el informe final, la comisión de estudiosos concluyó que la Cueva de los Tayos no tenía origen artificial, y que no había indicios de trabajo humano. Todo lo había hecho la naturaleza…

No obstante, una de las afirmaciones más sorprendentes salió de boca del mismísimo Armstrong, cuando al salir de la Cueva de los Tayos (luego de permanecer en ella tres días completos) afirmó a la prensa ecuatoriana que “su experiencia en la Cueva había superado lo que el vivió en la Luna”.

 

Sospechando entonces lo que el astronauta de la misión Apolo enfrentó en la Luna (encuentros OVNI), nos preguntamos con qué misterio se halló en el mundo subterráneo como para lanzar tal comparación.

 

Sin comentarios.

Neil Armstrong en los Tayos.

(click en imagen)

 

Las Sierras del Roncador

En el inmenso estado brasileño de Mato Grosso (901.420 Km²), se esconde un enigma de proporciones similares a la geografía que enfrentamos. En el sector de sus chapadas, de zonas bajas y pantanosas, concretamente en las denominadas Sierras del Roncador, se halla el ingreso a un mundo perdido que se protege tras su indócil selva y las flechas de los aguerridos indios del Parque Xingú.

 

Al dar un vistazo a este paisaje, es inevitable asociarlo con el que nos ofrece el misterio del Paititi, aun más al encontrar claros indicios que apuntan a una raza de seres superiores que vivirían en las entrañas de la tierra y que, por si fuera poco, al igual que otros Retiros Interiores, estarían custodiando la “verdadera historia de la humanidad, su origen y misión”. Cada Retiro Interior protege un capítulo de esa historia desconocida.


No en vano, en 1925 el investigador George Lynch sostuvo en la prestigiosa revista Science at Vie que en el Mato Grosso se encuentra el origen de todas las civilizaciones de occidente.

 

Recordemos que ese mismo año, el Coronel inglés Percy Harrison Fawcett (medalla de oro de la Real Sociedad de Geografía de Inglaterra y jefe de la comisión encargada de delimitar las fronteras entre Perú y países vecinos) llevó a cabo una arriesgada expedición en pos de aquellas selvas indomables, de donde nunca más regresaría.

La extraña desaparición del Coronel Fawcett
Fawcett iba en busca de una ciudad secreta en el Roncador, denominada por él “Z”. Hasta la fecha, a más de siete décadas de esta expedición, no se sabe a ciencia cierta qué ocurrió con el avezado Coronel, que desapareció de pronto en medio de las selvas del Xingú con sus dos acompañantes: su hijo Jack de 22 años, y el fotógrafo Raleigh Rimmel.

 

Un detalle intrigante en torno a su desaparición, fue revelado en 1952, por otro de sus hijos, Brian, quien afirmó, con seguridad aplastante, que si su padre entró en aquella ciudad perdida que buscaba, la “gente” de allí no le habría dejado salir… ¿Quiénes no le habrían dejado salir?

Para pensar un poco más, la esposa del Coronel afirmó que cuando vivían en el extremo Oriente, aparecieron unos hombres extraños que le anunciaron hechos extraordinarios para el futuro de la familia, anticipando, incluso, el destino de Fawcett. A todo esto se sumó el descubrimiento científico de Machu Picchu por Hiram Binghan en 1911, hecho que daría al Coronel mayor fuerza a su convicción de partir a la Sierra del Roncador, que debe su singular nombre a los extraños sonidos que parecen surgir del suelo.

El explorador, desde luego, sabía que en Brasil, así como en otras regiones aún sin investigar de América del Sur, yacían escondidas, ocultas, ancestrales ciudades de piedra, enterradas bajo el conveniente manto selvático.

 

Ya en sus viajes por el continente, Fawcett había oído hablar de hechos extraños, como la existencia de “indios rubios, de ojos azules”, pirámides en la selva y entradas secretas a antiguas ciudades subterráneas.
 


El atlante de Basalto
El hecho que motivó finalmente a Fawcett a partir en busca de “Z” radicaba en una extraña estatuilla de estilo egipcio, hecha en basalto negro (roca volcánica vitrificada), que llegó a sus manos gracias al famoso novelista Sir Rider Haggard, autor de la fascinante obra “Las minas del Rey Salomón”, quien la consiguió en el Brasil a fines del siglo XIX.

A través de la investigación psíquica, como la psicometría, se determinó que el objeto, de unos 25 cm. de altura, provenía presuntamente de la Atlántida, siendo rescatado por un superviviente que la mantuvo en su custodia en una ciudad de piedra, escondida en las selvas de América del Sur (?).

representación gráfica

de la extraña estatuilla de basalto negro (roca volcánica vitrificada).
 

Otro detalle inquietante es que la estatuilla representaba a un posible sacerdote sosteniendo una tabla con extrañas inscripciones, 24 signos en total. Fawcett logró descifrar 14 de estos signos al hallarlos en piezas de cerámica prehistórica procedentes del Brasil. Los utilizó como “coordenadas” para alcanzar su objetivo. Otros piensan, incluso, que la escritura se trataba en realidad de una especie de “contraseña” o “llave de acceso” al mundo perdido del Roncador. Y aunque todo esto suene demasiado descabellado como para aceptarlo, existen diversos estudios serios sobre la inscripción que esgrime la estatuilla.

El reconocido estudioso argentino Aldo Ottolenghi, en su obra “Civilizaciones Americanas Prehistóricas” (1980) aborda de lleno el misterio de esa escritura. A decir del experto mundial en el estudio de escrituras ancestrales, por las complejas y exactas características como lenguaje arcaico que muestra la estatuilla, es casi imposible falsificarla. 

Por alguna razón, aquella estatuilla llegó a manos de Sir Haggard para que, finalmente, Fawcett la posea como la ratificación de un viaje que venía pensando realizar. El objeto, como si se tratase de una profecía, acompañó al osado explorador inglés en su último y extraño viaje al Mato Grosso.

 

¿Tenía que devolverlo a su lugar de origen?
 


Matalir-Araracanga – la ciudad que truena
Aquel es el nombre con el que muchos identifican al Retiro Interior de la Sierra del Roncador. Debe su denominación al extraño ruido, a veces como de “truenos” y otras ocasiones como de “máquinas”, que parece surgir del suelo. Es curioso por cuanto los científicos no han podido explicar el fenómeno. Aquella zona no despliega actividades sísmicas.

Matalir-Araracanga sería la ciudad subterránea que genera aquellos “sonidos”, no siempre atribuibles a tecnología. Algunos místicos suponen que en verdad nos hallamos ante los mantrams o cánticos sagrados de los intraterrestres del Mato Grosso. Este fenómeno, cabe mencionar, ha sido escuchado también en otros Retiros Interiores de América y el mundo, incluyendo el propio desierto de Gobi.

Se ha oído muchas veces que las caravanas que atravesaban el desierto asiático, de pronto escuchaban un canto antiguo salir de las entrañas de la tierra. Inmediatamente todo quedaba en silencio, hasta los animales que venían con la caravana se hallaban inmóviles, sobrenaturalmente tranquilos, incluso el viento frecuente de aquellos parajes, también, misteriosamente, se había calmado. Al cabo de unos instantes más, todo volvía a la normalidad. Los lamas afirman que este hecho sucede cuando el Rey del Mundo, el Supremo Maestro de Shambhala, según sus creencias, está orando por la Humanidad.

Muchas fueron las expediciones que intentaron localizar al expedicionario inglés en las Sierras del Roncador. Una de las más recientes se llevó a cabo en 1996, con la intención de indagar qué le pudo haber sucedido a la expedición Fawcett en 1925. No obstante, esta iniciativa, organizada por el empresario brasileño James Lynch, no tuvo mucha suerte: los indígenas secuestraron a todo el equipo durante varios días, y sólo fueron liberados tras pagar un respetable rescate.

Pero ello no quiere decir, necesariamente, que una suerte similar corrió la expedición del intuitivo Coronel.

Quizá, Fawcett no murió bajo un inesperado ataque de los indios Xingú de los años 20, o picado de muerte por algún insecto o víbora.

Quizá, el mismísimo Fawcett aun se encuentre en el Retiro Interior que buscaba en el Mato Grosso bajo la leyenda de una ciudad perdida, sin que el tiempo material le afecte, puesto que aquellos seres viven en otra realidad, acorde al pulso temporal del Universo. 

Quizá, el explorador esté aún allí…

 

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