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Steve Jobs, Coraje y Prodigio – In memoriam , por Koldo Aldai


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¿Qué nuevas cibermaravillas alcanzará aún a revelarnos? ¿Qué diálogos teje el valedor de Apple con quienes cuentan nuestros días y nuestras noches, con quienes saben de nuestro último aliento, con quienes le ceden las patentes de tan audaces artificios? Poco sabemos de los intercambios entre genios y dioses, qué prórrogas ha conseguido pactar o arrancar, qué acuerdos alcanzó con el deva de la muerte. Ojalá su mente no se apague, ojalá el hígado prestado aún aguante. Steve Jobs participa con desventaja en una liz contra el tiempo y aún con todo no se rinde, no sucumbe.

 

 

El cuerpo se detiene mientras que la cabeza no hay quien la atrape. La enfermedad avanza mientras la mente prodigiosa bulle y quisiera ofrecer nuevos inventos, nuevos regalos a la humanidad. Por de pronto, el día pasado se sacudió la manta y vistió su esqueleto con su uniforme de vaqueros y polo negro de cuello alto. En algún momento cogió fuerzas de adentro, burló la enfermedad y la postración para subir triunfante de nuevo al escenario. Seguramente el “iPad 2” sólo era una excusa y quería mostrar algo más al mundo que su último y deslumbrante aparato. Seguramente en esa reciente presentación de alcance planetario, no quiso glosar una nueva genialidad electrónica, sino simplemente desafiar al cáncer en otro alarde de fortaleza y voluntad. Seguramente su última exhibición ante los focos poco debió tener que ver con el dinero o con la promoción de un producto, sino con una suerte de duelo imposible.

 

 

Si la muerte finalmente le concede una prórroga, ¿qué máquinas geniales no nos presentará mañana? Pisamos fuerte cuando vislumbramos ese espejismo. Convendría agotar el instante sin necesidad de sentir los pasos de esa sombra falsa. Sin embargo Jobs no se lamenta de lo que le cierra aquí el camino. Quien ha apurado y ensalzado la vida, no reniega del final de sus días en la carne: “Recordarme que voy a morir pronto me ha estimulado a hacer tomar las mejores decisiones en mi vida. Todo se desvanece frente a la muerte dejando sólo lo que es importante verdaderamente”, había afirmado el genio de la manzanita en su estimulante y ya histórico discurso de la Universidad de Stanford.

 

 

Vendrán otras vidas, otras tabletas que no necesitarán ni siquiera pulgares, teclearemos a golpe de pensamiento… Después de todo, él ya debió estar allí, al otro lado del velo. Si no, ¿de dónde esas máquinas que se burlaron del tiempo, esos artilugios tan adelantados a su hora? Si no ¿de dónde esa magia en la punta de los dedos, esos universos que se abren infinitamente sobre una sencilla tableta? Si no ¿de dónde esa vida más fácil, más agradable, de dónde ese futuro tan a nuestro alcance?

 

 

Sí, él ya estuvo allí y lucha por poder mostrarnos lo que vio y tocó, y seguramente le cegó, al otro lado de la realidad. Por eso puede regalar a los estudiantes de la Universidad americana tan valiosas enseñanzas: “La muerte es posiblemente el mejor invento de la vida, es el mejor agente de cambio. Retira lo viejo para hacer sitio a lo nuevo. Vuestro tiempo es limitado. No lo gastéis viviendo la vida de otro. No dejéis que la opinión de otros ahogue vuestra voz interior. Tened el coraje de seguir a vuestro corazón y vuestra intuición. Lo demás es secundario.”

 

 

Sí, él ya estuvo allí, por eso puede sugerirnos las otras realidades, asomarlas al cristal de la tableta; por eso no teme la enfermedad y salta en los huesos ante las cámaras del mundo. Sí, él ya estuvo allí. Sabe que la temida y mal llamada muerte en realidad es sólo doble “click” con el pulgar derecho sobre el monitor de nuestros días. Él sabe que cliquearemos sin límite en un ensayo eterno, que resetear el “sistema” personal, poner en blanco la pantalla de una existencia nada tiene que ver con luto y desagarro. Él sabe que lo importante es ser útil en esta o en aquella pantalla, es vencernos a nosotros mismos, a nuestra propia gravedad y subir al escenario y ofrecer, desbordado de ilusión, algo al prójimo.

 

 

Sí, él ya estuvo allí, en el otro lado más luminoso de la vida, donde vio y palpó los inventos, donde negoció sus prórrogas. Cuando los médicos le encontraron un cáncer de páncreas no sabía de este órgano, ni dónde se localizaba. Le dijeron que era difícilmente curable. Pero la fuerza de vivir, de crear, de servir, pudieron más que el tumor. Logró salir adelante y presentarnos él y su gente el iPhone, el iPod, el iPad…

 

 

Quizás ya haya cumplido su misión, quizás ya dejó claro su mensaje de seguir nuestro corazón, nuestra intuición, de amar lo que hacemos como el mejor servicio a la sociedad. Ya se difundió por todo el mundo su testamento de fe en nosotros mismos y nuestro potencial enorme, de vivir cada día como si fuera único… Quizás no se apodere ya al otro lado del velo de ninguna nueva genialidad, quizás lo más importante es que se marche tranquilo, consciente de que dio aquí todo lo que pudo y más. Agradecimiento pues a quien va y vuelve y al retornar nos regala maravilla, máquinas mágicas en las que tecleamos éstas y otras letras de homenaje a él y a la eterna vida.

 

 

¿Qué nuevas cibermaravillas alcanzará aún a revelarnos? ¿Qué diálogos teje el valedor de Apple con quienes cuentan nuestros días y nuestras noches, con quienes saben de nuestro último aliento, con quienes le ceden las patentes de tan audaces artificios? Poco sabemos de los intercambios entre genios y dioses, qué prórrogas ha conseguido pactar o arrancar, qué acuerdos alcanzó con el deva de la muerte. Ojalá su mente no se apague, ojalá el hígado prestado aún aguante. Steve Jobs participa con desventaja en una liz contra el tiempo y aún con todo no se rinde, no sucumbe.

 

 

El cuerpo se detiene mientras que la cabeza no hay quien la atrape. La enfermedad avanza mientras la mente prodigiosa bulle y quisiera ofrecer nuevos inventos, nuevos regalos a la humanidad. Por de pronto, el día pasado se sacudió la manta y vistió su esqueleto con su uniforme de vaqueros y polo negro de cuello alto. En algún momento cogió fuerzas de adentro, burló la enfermedad y la postración para subir triunfante de nuevo al escenario. Seguramente el “iPad 2” sólo era una excusa y quería mostrar algo más al mundo que su último y deslumbrante aparato. Seguramente en esa reciente presentación de alcance planetario, no quiso glosar una nueva genialidad electrónica, sino simplemente desafiar al cáncer en otro alarde de fortaleza y voluntad. Seguramente su última exhibición ante los focos poco debió tener que ver con el dinero o con la promoción de un producto, sino con una suerte de duelo imposible.

 

 

Si la muerte finalmente le concede una prórroga, ¿qué máquinas geniales no nos presentará mañana? Pisamos fuerte cuando vislumbramos ese espejismo. Convendría agotar el instante sin necesidad de sentir los pasos de esa sombra falsa. Sin embargo Jobs no se lamenta de lo que le cierra aquí el camino. Quien ha apurado y ensalzado la vida, no reniega del final de sus días en la carne: “Recordarme que voy a morir pronto me ha estimulado a hacer tomar las mejores decisiones en mi vida. Todo se desvanece frente a la muerte dejando sólo lo que es importante verdaderamente”, había afirmado el genio de la manzanita en su estimulante y ya histórico discurso de la Universidad de Stanford.

 

 

Vendrán otras vidas, otras tabletas que no necesitarán ni siquiera pulgares, teclearemos a golpe de pensamiento… Después de todo, él ya debió estar allí, al otro lado del velo. Si no, ¿de dónde esas máquinas que se burlaron del tiempo, esos artilugios tan adelantados a su hora? Si no ¿de dónde esa magia en la punta de los dedos, esos universos que se abren infinitamente sobre una sencilla tableta? Si no ¿de dónde esa vida más fácil, más agradable, de dónde ese futuro tan a nuestro alcance?

 

 

Sí, él ya estuvo allí y lucha por poder mostrarnos lo que vio y tocó, y seguramente le cegó, al otro lado de la realidad. Por eso puede regalar a los estudiantes de la Universidad americana tan valiosas enseñanzas: “La muerte es posiblemente el mejor invento de la vida, es el mejor agente de cambio. Retira lo viejo para hacer sitio a lo nuevo. Vuestro tiempo es limitado. No lo gastéis viviendo la vida de otro. No dejéis que la opinión de otros ahogue vuestra voz interior. Tened el coraje de seguir a vuestro corazón y vuestra intuición. Lo demás es secundario.”

 

 

Sí, él ya estuvo allí, por eso puede sugerirnos las otras realidades, asomarlas al cristal de la tableta; por eso no teme la enfermedad y salta en los huesos ante las cámaras del mundo. Sí, él ya estuvo allí. Sabe que la temida y mal llamada muerte en realidad es sólo doble “click” con el pulgar derecho sobre el monitor de nuestros días. Él sabe que cliquearemos sin límite en un ensayo eterno, que resetear el “sistema” personal, poner en blanco la pantalla de una existencia nada tiene que ver con luto y desagarro. Él sabe que lo importante es ser útil en esta o en aquella pantalla, es vencernos a nosotros mismos, a nuestra propia gravedad y subir al escenario y ofrecer, desbordado de ilusión, algo al prójimo.

 

 

Sí, él ya estuvo allí, en el otro lado más luminoso de la vida, donde vio y palpó los inventos, donde negoció sus prórrogas. Cuando los médicos le encontraron un cáncer de páncreas no sabía de este órgano, ni dónde se localizaba. Le dijeron que era difícilmente curable. Pero la fuerza de vivir, de crear, de servir, pudieron más que el tumor. Logró salir adelante y presentarnos él y su gente el iPhone, el iPod, el iPad…

 

 

Quizás ya haya cumplido su misión, quizás ya dejó claro su mensaje de seguir nuestro corazón, nuestra intuición, de amar lo que hacemos como el mejor servicio a la sociedad. Ya se difundió por todo el mundo su testamento de fe en nosotros mismos y nuestro potencial enorme, de vivir cada día como si fuera único… Quizás no se apodere ya al otro lado del velo de ninguna nueva genialidad, quizás lo más importante es que se marche tranquilo, consciente de que dio aquí todo lo que pudo y más. Agradecimiento pues a quien va y vuelve y al retornar nos regala maravilla, máquinas mágicas en las que tecleamos éstas y otras letras de homenaje a él y a la eterna vida.

 

2 Abril 2011
Koldo Aldai

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Él ya estuvo allí

Steve Jobs in memoriam

Quien ha apurado y ensalzado la vida, no reniega del final de sus días en la carne: “Recordarme que voy a morir pronto me ha estimulado a hacer tomar las mejores decisiones en mi vida. Todo se desvanece frente a la muerte dejando sólo lo que es importante verdaderamente”, había afirmado el genio de la manzanita en su estimulante y ya histórico discurso de la Universidad de Stanford.

Vendrán otras vidas, otras tabletas que no necesitarán ni siquiera pulgares, teclearemos a golpe de pensamiento… Después de todo, él ya debió estar allí, al otro lado del velo. Si no, ¿de dónde esas máquinas que se burlaron del tiempo, esos artilugios tan adelantados a su hora? Si no ¿de dónde esa magia en la punta de los dedos, esos universos infinitos que se abren sobre una sencilla tableta? Si no ¿de dónde esa vida más fácil, más agradable que nos ha proporcionado, de dónde ese futuro tan a nuestro alcance?

Sí, él ya estuvo allí y luchó por poder mostrarnos lo que vio y tocó, y seguramente le cegó, al otro lado de la realidad. Por eso pudo regalar a los estudiantes de la Universidad americana tan valiosas enseñanzas: “La muerte es posiblemente el mejor invento de la vida, es el mejor agente de cambio. Retira lo viejo para hacer sitio a lo nuevo. Vuestro tiempo es limitado. No lo gastéis viviendo la vida de otro. No dejéis que la opinión de otros ahogue vuestra voz interior.

Tened el coraje de seguir a vuestro corazón y vuestra intuición. Lo demás es secundario.”

 

Sí, él ya estuvo allí, por eso puede sugerirnos las otras realidades, asomarlas al cristal de la tableta; por eso no temió la enfermedad y saltó en los huesos ante las cámaras del mundo. Sí, él ya estuvo allí. Sabe que la temida y mal llamada muerte en realidad es sólo doble “click” con el pulgar derecho sobre el monitor de nuestros días. Él sabe que cliquearemos sin límite en un ensayo eterno, que resetear el “sistema” personal, poner en blanco la pantalla de una existencia nada tiene que ver con luto y desagarro. Él sabe que lo importante es ser útil en esta o en aquella pantalla, es vencernos a nosotros mismos, a nuestra propia gravedad y subir al escenario y ofrecer, desbordado de ilusión, algo al prójimo.

Sí, él ya estuvo allí, en el otro lado más luminoso de la vida, donde vio y palpó los inventos, donde negoció sus prórrogas cuando la enfermedad. Cuando los médicos le encontraron un cáncer de páncreas no sabía de este órgano, ni dónde se localizaba. Le dijeron que era difícilmente curable. Pero la fuerza de vivir, de crear, de servir, pudieron más que el tumor. Regateó con los Señores de los días alguna cara moratoria y logró y presentarnos él y su gente el iPhone, el iPod, el iPad…

Honramos el legado no sólo de quien hizo nuestras vidas más agradables, de quien trajo al presente los aparatos reservados para el mañana, sino también de quien en su exigente búsqueda espiritual viajó a la India, de quien no comía carne, de quien quiso combatir su cáncer con medios alternativos… Hoy ocupa las portadas de los periódicos de todo el mundo no sólo un genio único que se despide, sino un ser que abrazó el budismo y su valor excelso de compasión universal. Y como dice Mariscal, todo esto lo hizo además “sin corbata”, sin ceder ante el sistema y sus rituales, su estética, sus reglas y convencionalismos…

Poco sabemos de los intercambios entre genios y dioses, qué prórrogas consiguió pactar para poder culminar su misión sobre la tierra, qué acuerdos alcanzó con el deva de la muerte. Había dejado claro su mensaje de seguir nuestro corazón, nuestra intuición, de amar lo que hacemos como el mejor servicio a la sociedad. Ayer ya satisfecho cedió, debió dar por completado su cometido, quiso retornar al Origen de todos sus prodigios, a la Causa de todos sus quebraderos de cabeza. Sólo quien es sabedor de la fuerza liberadora del más allá, trata con todo su alma de acercar sus excelsas y prodigiosas realidades al más acá.

Difundió por todo el mundo su testamento de fe en nosotros/as mismos/as y nuestro potencial enorme, de vivir cada día como si fuera único. Ya no se apoderará Steve Jobs al otro lado del velo de ninguna nueva genialidad para traerla bajo el brazo. Marcha tranquilo, consciente de que dio aquí todo lo que pudo y más. Agradecimiento pues a quien vino y volvió tantas veces y al retornar nos regaló maravilla, aparatos mágicos con los que redactamos éstas y otras letras de homenaje a él y a la eterna vida.

A un lado el bosque inmenso que ya otoñea, al otro una pantalla también grande en blanco cada mañana. Paso la mayor parte de mis días feliz frente a su manzanita negra, ante una de las máquinas prodigiosas que él alumbró. Al igual que muchos amigos, no aceptaría otro panorama diario ante mis ojos. Hoy sólo puedo teclear en su recuerdo, en su gloria.

* Artículo confeccionado sobre la base de otro que ya había escrito sobre Steve Jobs con anterioridad “Coraje y prodigio”

Koldo Aldai, 6 octubre 2011

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