Niños y Adultos cristal-indigos

EL INDIGO Y LA RABIA.


EL INDIGO Y LA RABIA.
por María Dolores Paoli

La rabia es una emoción que es considerada normal el sentirla. Todos los seres humanos han vivido esta emoción, grandes y pequeños. Sin embargo, es normal porque la mayoría de la gente la ha experimentado, más no es natural porque no es intrínseca a la esencia del ser humano ya que no nacemos con ella sino la vamos aprendiendo en el camino de la vida por modelaje por lo que la conducta se imita después que se ha visto ejecutar en el entorno

A medida que los niños índigo van creciendo vamos observando, con cierta frecuencia, que tienden a ponerse rabiosos. Para entender esta manifestación posible se requiere entender el proceso de la rabia.

La rabia es una emoción que se nutre de necesidades insatisfechas cuyos pilares están fundamentados en la injusticia, impotencia, en pensamientos de exigencia y de culpa. Las manifestaciones de rabia física, ventilada, se notan en gesticulaciones de contracción en el cuerpo como puños cerrados, en tensión muscular de la cara reflejada en ceño fruncido, muecas con la boca, chasquidos de dientes, contracción de la mandíbula, ojos desorbitados, tensión en las cuerdas vocales expresándose en el subir del tono de la voz, grito, atropello o abuso verbal y un mayor riego sanguíneo que aumenta la temperatura. Estas pueden haberse visto inicialmente en el círculo familiar primario como son los padres, hermanos, en el secundario como son los abuelos, tíos, demás familiares y/o en el terciario que es el medio ambiente, el colegio, la televisión y otros medios de comunicación. La influencia se minimiza a medida que el círculo se aleja del entorno inmediato del niño.

Si reaccionamos visceralmente a los estímulos, sin modelar calma, los niños aprenden que esa conducta es la adecuada y la copian accionándola cuando se sienten frustrados y las cosas no les salen como ellos desean y esperan. Nuestra reacción le da dado un patrón, una forma de percibir los hechos. Con ella le hemos proporcionado una evaluación del estímulo bien sea con nuestras palabras, con nuestros gestos que luego van a imitar. La rabia es un alertador de que no estamos pudiendo manejar un aspecto emocional en nuestras vidas. Por ello, si actuamos con calma ante una situación de frustración le estaremos dando el mejor regalo de modelaje, la mejor herramienta para manejar las tensiones en el futuro. Los niños aprenden más por lo que viven que por lo que oyen. Por lo tanto, esta emoción se da cuando no se puede manejar el contraste de las emociones fuertes entre lo que se desea y lo que se logra.

En el índigo, el contraste forma parte de su cotidianidad. Vive emociones fuertes entre lo que su inteligencia espiritual le proporciona y lo que capta de su entorno material. Le cuesta manejarlo pues por su misma condición de expansión, capta multidimensionalmente energías de otras dimensiones más sutiles que lo confrontan con la densidad de la realidad de tercera dimensión sintiendo un embate energético. Este aspecto se da mayoritariamente en el ser índigo que tiene mucho tiempo sin re encarnar y que viene a asistirnos a la humanidad en el paso de transición hacia otra dimensión.

A ellos les cuesta manejar la densidad del cuerpo, lo sienten como un freno a su sutileza, sus pensamientos son más veloces que su articulación y sienten impotencia con las herramientas de comunicación como leer, escribir, repetir, pues son métodos muy lentos para su propia velocidad de vibración. También les cuesta poner en práctica la paciencia pues en sus mundos sutiles la manifestación del deseo o de la intención es inmediata, el tiempo entre estímulo y respuesta no se hace esperar. En cambio, en tercera dimensión el impulso se demora para que pase por todas las matrices de creación y se logre concretizar. Sus pensamientos de exigencia que activan la rabia son más altruistas porque desean que evolucionemos, nos quitemos la venda de la ignorancia de quiénes somos para percatarnos de nuestra esencia y actuar de acuerdo a ella. Para ello, requerimos hacer el esfuerzo de desembarazarnos de las emociones que nos anclan, como el temor. Por lo tanto, nos confrontan con él en la cotidianidad no haciendo caso a las amenazas, coerciones, castigos que les tratamos de imponer fruto de la necesidad de control, producto de la misma emoción.

Ellos conocen otra realidad que vienen a ofrecerla por lo que su exigencia está en la premura de que ya no “no hay tiempo” que perder permaneciendo en la oscuridad. La impotencia que sienten es por encontrar, aun, muchos topes que limar en el medio ambiente, muchas condiciones impuestas en los hogares, colegios, que lo pretenden atar a exigencias que para ellos ya son obsoletas, absurdas como tener que aprender de memoria las lecciones, perder tiempo en la repetición de detalles cuando su visión es más del todo, holística. Su sentido de urgencia alimenta su impotencia Por ello, observo con frecuencia que en su vocabulario la palabra injusticia es recurrente. La expresión del “No es justo” se cuela en sus pensamientos pues choca con su profunda necesidad de ser respetado desde pequeño, de vivir un sistema horizontal no vertical, de participación no de autoridad y de llevar acabo el cambio que ya está presente en él. Por eso, vienen a recordarnos lo que tenemos olvidado!

Cuando validamos estas necesidades observamos que los niños fluyen más en función de su misión de vida, hay menos confrontaciones con los adultos pues los sienten sus aliados, asistentes, para llevar a cabo su propósito de vida. Por ello, es recomendable que el adulto articule la presencia de la emoción de la rabia en ellos, por ejemplo “Luce que estás muy bravo”, en vez de coartar la emoción y reprimirla como “¿Cómo se te ocurre ponerte bravo?”. Luego permitirle al niño descargar la tensión del músculo, corriendo, saltando cuerda, jugando pelota, de forma que el músculo libere la tensión a través del movimiento y pueda relajarse. Todas las emociones se pueden sentir las acciones son las que se canalizan.

Sin embargo, cuando hacemos caso omiso de estas condiciones vamos cerrando su conexión con su inteligencia espiritual debido a nuestra repetición, imposición de nuestros criterios, y al hacerlo los densificamos, los contaminamos y observamos, entonces, inteligencias puestas al servicio de la incoherencia, niños rabiosos, frustrados que se tornan en violentos.

Hay que recordar que nuestra misión como padres, docentes, de estos niños es ser de puente entre esa particular sensibilidad e inteligencia para ayudarlos a canalizarla y ser útil a la humanidad y reconocer que en su experiencia dentro de la tridimensionalidad absorben los modismos que nosotros hemos modulado aunque su intención sea más sutil. Asistiéndolos a ellos, nos ayudamos a nosotros!

mdpaoli
fab

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